sábado, 23 de agosto de 2008

AQUI UN CASTIZO

Capital de mi tierra,
sublime suave terciopelo,
bañada por los aires de su sierra,
bajo un azul y exuberante cielo.

De Lozoya el agua pura y clara,
sus calles con olor a viejo,
las cestas de los churros preparadas,
huele a aguardiente, vino y a festejo.
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Ni origen, oficio o procedencia,
importo a Madrid o a madrileños,
nunca fue impedimento ni carencia,
para cuantos vinieron con sus sueños.
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Entre unos y otros se ayudaron,
superando barreras increíbles,
nacieron amistades, se mezclaron,
forjaron un Madrid indestructible.

Esa solo es su culpa amigos míos,
de que todos vengan a puñados,
que hagan madrileños a sus hijos,
olvidando orígenes pasados.

Muchos acompañados de la enchufe,
del señor cura o del señor de tal,
con la cuidada carta en el bolsillo,
para un trabajo en nuestra capital.

La cesta con chorizos y buen vino,
el camisón, la boina y la cachaba,
fueron los pasaportes campesinos,
que en Madrid mejor acreditaban.

Cosas que el madrileño no tenia,
en época de hambruna y de posguerra,
competir con las cestas no podía,
no se hacían chorizos con las piedras.

Así poco a poco fue creciendo,
de villa a capital de la nación,
titulo sin igual, ser madrileño,
que podemos mostrar con tanto honor.

Siempre que ve llegar a un paria,
le mima y trata sin recelo,
un madrileño más que lo acredita,
de Madrid solo se emigra al cielo.

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